El ejemplo de Santa Clara

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Nº2044 - al de 2019
por Andrés Danza

Santa Clara del Olimar es una de esas localidades que logran resumir en su medio centenar de calles al Uruguay profundo, desconocido para muchos. Se encuentra a 282 kilómetros de Montevideo, por un ruta difícil de transitar como la Nº 7, en el departamento de Treinta y Tres, cerca del límite con Cerro Largo. Uno de los apellidos que más se repite entre sus 2.485 habitantes es Saravia, con antepasados blancos y colorados.

Es más: en su cementerio se encuentra la tumba de uno de los principales caudillos históricos del Partido Nacional, Aparicio Saravia, y a pocos kilómetros de distancia El Cordobés, la que fue su estancia. Camino a la plaza principal hay un monumento a Basilicio Saravia, hermano de Aparicio pero vinculado al Partido Colorado. Ambos fueron combatientes a fines del siglo XIX y principios del XX en la guerra entre los dos lemas históricos.

A unas cuadras de distancia tiene su sede el Regimiento Dragones Libertadores de Caballería Nº 7 de las Fuerzas Armadas, lo que le agrega una impronta militar a ese pequeño e histórico pueblo de camino en la línea férrea entre Montevideo y Melo. Parece como una maqueta a pequeña escala de ese Uruguay tierra adentro, el que no suele aparecer en las encuestas pero que también vota.

En 2009 y en 2014 creció muchísimo entre los votantes de Santa Clara el Movimiento de Participación Popular, liderado por el expresidente José Mujica. Incluso llegó a ser la segunda fuerza, luego de los blancos, que siempre superan la mitad de los votos habilitados. Pero el domingo 28 se produjo un cambio significativo. Ahora el que quedó en segundo lugar fue el excomandante en jefe Guido Manini Ríos. Hubo un cambio de caudillos: de Mujica a Manini.

Parece una anécdota menor pero no lo es. Porque uno de los grandes ganadores de las elecciones del domingo fue Manini. En menos de seis meses de campaña logró superar la barrera del 10%, tendrá tres senadores y once diputados y una de las explicaciones de que eso haya ocurrido es su rol de caudillo, primero militar y después político, especialmente en el interior profundo y los barrios más pobres de Montevideo.

Ocupa la derecha, un espacio del que nadie se quería hacer cargo hasta ahora. Manini lo hizo y le dio resultados. Pero su condición de caudillo es igual o más relevante que su posición ideológica. Por eso, es probable que un porcentaje importante de sus votantes, como en Santa Clara, hayan votado antes a Mujica. Están mucho más cerca de lo que a simple vista se puede ver. Primero son caudillos, y después de derecha o izquierda.

“Se podría decir, grosso modo, que los tres partidos establecidos tienen un perfil de liderazgo más de doctor que de caudillo. Y Cabildo Abierto presenta un liderazgo con contenidos emocionales muy importantes, algo que quizás parte del electorado busca. Las analogías con Mujica son evidentes”, reflexionó la semana pasada en una entrevista con Búsqueda el director de Opinión Pública de Opción, Rafael Porzecanski.

Esa teoría fue confirmada por las urnas. Los “tres partidos establecidos”, como les llama Porzecanski, perdieron votos: el Frente Amplio 169.476, el Partido Nacional 31.142 y el Partido Colorado 3.645. Manini, el nuevo caudillo, terminó su primera elección con más de 250.000 sufragios. La diferencia más grande estuvo en el interior. Allí es donde más votos sumó y más perdió el Frente Amplio.

Cuando se tienen en cuenta cuáles fueron los tres dirigentes políticos más votados al Senado, el resultado también es muy significativo. El primero fue Luis Lacalle Pou con 445.627 votos, el segundo Mujica con 295.500 votos y el tercero Manini con 259.929 votos.

Los tres tienen características similares en su forma de hacer política. Lideran, recorren constantemente todo el país, son profesionales en lo que hacen y se sienten orgullosos de eso. Lacalle Pou no tiene las características de caudillo tradicional con las que cuentan Mujica y Manini, pero las conoce muy bien y sabe manejarlas. Esta es su segunda elección presidencial y viene de una familia de líderes políticos que se consolidaron de la forma más tradicional y caudillesca. Su padre, Luis Alberto Lacalle, y su abuelo, Luis Alberto de Herrera, crecieron electoralmente en el Uruguay profundo, con un conocimiento altísimo del electorado más alejado.

El colorado Ernesto Talvi y muy especialmente el oficialista Daniel Martínez no tuvieron tan en cuenta ese otro país. Lo descuidaron y le restaron importancia. Talvi al menos eligió un compañero de fórmula del interior, pero Martínez no tuvo ni siquiera ese gesto.

Los resultados muestran que fue un error. Martínez atribuye la importante caída electoral del Frente Amplio a temas como el de la inseguridad. No cabe ninguna duda de que influyó y mucho, pero no es el único factor. La mayor sangría del oficialismo fue la cantidad de sufragios perdidos en los departamentos más alejados y despoblados. En Rivera, por ejemplo, redujo a la mitad su caudal electoral y perdió su diputado con Cabildo Abierto. Una sola Santa Clara de Olimar no es relevante pero cientos sí lo son. Y eso hay que tenerlo en cuenta y preverlo antes.

Ahora parece demasiado tarde para que Martínez pueda conquistar a la parte que le falta del interior del país como para ser presidente. La posibilidad existe aunque corre con mucha ventaja Lacalle Pou, su competidor en la segunda vuelta. Al elegir al intendente de Canelones, Yamandú Orsi, como su nuevo jefe de campaña, el candidato oficialista al menos muestra que supo interpretar el mensaje.

Orsi consultó a Mujica antes de aceptar y ambos coincidieron en la necesidad de dar el empujón que el Frente Amplio necesita fuera de Montevideo. Pero en política los errores se pagan y es posible que un mes sea insuficiente para la tan abultada cuenta que tiene que afrontar Martínez si quiere ganar. Si no lo es, será otra vez el viejo caudillo el que reivindicará su liderazgo. Y si lo es, también. 

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