El piso de Daniel y el techo de Luis

4min 15
Nº2039 - al de 2019
por Facundo Ponce de León

Faltan ocho semanas y tres días para saber quién será el próximo presidente de la República. Para los dos candidatos con mayor probabilidad de victoria será una prueba de fuego que trasciende lo electoral. Daniel Martínez y Luis Lacalle Pou tienen en común que están construyendo liderazgos a contrapelo de las tradiciones que representan. Aunque los dos apelan una y otra vez al Frente Amplio y al Partido Nacional respectivamente, intentan consolidar algo novedoso para la historia de ambos partidos. Uno solo ganará la elección, pero si logran introducir esa novedad en sus respectivas filas, habrán producido un cambio profundo en la política toda.

El piso de Martínez es la historia del Frente Amplio entendida como un relato de hastío respecto a los partidos tradicionales. Ese fastidio se ha materializado algunas veces en resentimiento hacia el poder que han ostentado colorados y blancos a lo largo de la historia. Otras veces ese enojo ha producido discursos de superioridad moral frente a todo lo que no sea izquierda. Izquierda y pueblo son sinónimos. Otras veces el discurso frenteamplista se ha asignado una función mesiánica en la historia nacional. Por último, en las bases ideológicas del Frente Amplio hay una oposición entre solidaridad y capitalismo: preocuparse por el desposeído es siempre algo al margen de un sistema que es intrínsecamente injusto.

Estos cuatro ejes se mezclan en diferentes dosis según las agrupaciones y constituyen el entramado base de la izquierda. Desde ese piso Martínez construye su campaña electoral 2019 y por eso vuelve una y otra vez a esa fuente originaria. El sábado 21, por ejemplo, dijo en un acto de la Lista 982, que los partidos tradicionales “tuvieron 70 años de changüí para cambiar el país y no lo hicieron; (...) hay gente que tuvo decenas de años en el poder y que nunca atacó los problemas estructurales del país. Cuando me dicen ‘¿por qué no lo hicieron en estos 15 años?’... ¡Andá!”.

Horas más tarde de ese mismo sábado, en otro acto oficialista, el expresidente José Mujica expresaba algo muy parecido: “Llevamos 15 años intentando dar vuelta la historia de casi cincuenta años de caída del país”.

Ambas alocuciones dialogan directamente con el famoso discurso del general Liber Seregni el 26 de marzo de 1971 en la explanada municipal. “Los hombres progresistas y populares del Partido Colorado y del Partido Nacional, de clara y firme militancia política, que quieren ser fieles a su pueblo, comprendieron que tenían que romper el cascarón vacío de los viejos lemas y unirse con las otras fuerzas populares y progresistas; (...) de un lado está la oligarquía blanca y colorada, y del otro lado el pueblo: blanco, colorado, democristiano, comunista, socialista, independientes. Esa es la verdad y esa es la definición de la hora actual”, arengaba el líder ante una multitud convencida de que ese era el camino correcto.

Martínez es hijo de esa tradición, pero sabe que hay que superarla. Luego de tres gobiernos nacionales y seis intendencias capitalinas consecutivas es imposible sostener aquellas bases resentidas hacia los poderosos, es imposible seguir sosteniendo que la pureza moral es patrimonio de la izquierda, es imposible seguir oponiendo solidaridad y capitalismo, es imposible seguir sosteniendo la visión mesiánica. Mejor dicho: es posible, pero es cada vez menos creíble, cada vez es más hueco, más hipócrita y más violento.

Martínez está buscando cómo construir la izquierda desde otras bases: más aggiornadas, más volcadas a la innovación como modo de crecimiento y desarrollo, más matizadas con la gestión del poder y las lecciones aprendidas, manteniendo el foco del bienestar social pero operando con una lógica menos dicotómica que la que permitió alcanzar la victoria. Quizás lo logre y además gane la elección. Quizás lo logre e igual pierda en el balotaje. Quizá no lo logre. Solo esto último sería una mala noticia para el Uruguay.

Por su parte, Lacalle Pou no logra vencer un alto porcentaje de antipatía entre los que no lo votan. Ese techo parece infranqueable. A pesar de una ingeniería partidaria donde llegaron Graciela Bianchi, Gonzalo Mujica, Sebastián Bauzá, Pablo Bartol y una articulación con el ala wilsonista de Javier García, Carlos Enciso y Carlos Julio Pereira, Lacalle Pou proyecta una imagen más conservadora de su liderazgo y de su persona. Y él lo sabe, pero tampoco quiere que las estrategias para superar el 30% de intención de voto supongan negar aspectos de su vida y de la historia del Partido Nacional.

El primer obstáculo es su historia familiar: el legado patricio de los apellidos; el hijo de un presidente que solo conectó con sus votantes; el inicio político de la mano de su madre. El segundo obstáculo es el entorno herrerista que, a partir de la inteligencia de alguno de sus exponentes, ha generado una imagen de cierta altanería intelectual, en tensión con las raíces del movimiento.

Lacalle Pou no reniega de ninguno de estos aspectos, pero trabaja para superarlos. Es hijo intelectual y sanguíneo de la tradición herrerista, pero sabe que el movimiento no está asociado con la noción de humildad inserta en nuestra cultura política y que él quiere recomponer genuinamente. La construcción de su liderazgo es honrar su herencia y al mismo tiempo insuflarle la novedad de los tiempos que corren. Suena paradójico, pero ese es el desafío y el techo por superar.

Lacalle Pou es alguien que, al igual que Martínez, aunque desde trayectorias vitales diferentes, quiere introducir en su partido cambios radicales en el modo de hacer política y vincularse con el que piensa diferente. Sin perder el legado caudillista e intelectual, intenta ir más allá de los “blancos como huesos de bagual” y los eruditos que interpretan todo desde el olimpo. Quizás lo logre y además gane la elección. Quizás lo logre y pierda en el balotaje. Quizá no lo logre. Solo esto último sería una mala noticia para el Uruguay.

✔️ Los objetos y el candidato

Regístrate sin costo, recibe notas de regalo.