La democracia imperceptible

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Nº2044 - al de 2019
por Fernando Santullo

El día después de unas elecciones ejemplares, unas en las que la ciudadanía pudo expresarse de manera completamente libre y pacífica, cometo el error de ponerme a mirar las redes sociales. Error que, obviamente, no sabía que cometía. Me interesaba observar qué ecos tenían los resultados y pensaba, mal yo, qué con independencia de los resultados iba a encontrar a alguien congratulándose de las bondades de nuestros procedimientos. Esos que construimos como marco pacífico e inclusivo en el que podemos expresar nuestras distintas formas de entender la realidad colectiva. Más allá de un par de elogiables vivas a la democracia y al republicanismo, lo que encontré fue un montón de quejas, dudas, insultos y ataques al sistema que nos había garantizado el ejercicio de nuestra libertad política pocas horas antes.

Me encontré, por ejemplo, con gente de alto nivel educativo y una larga y rica experiencia de vida señalando que si los líderes de unos partidos decidían formar una coalición que no habían declarado antes de la elección, era clarísimo que la democracia tenía un problema. En realidad, dado que en las democracias el voto pertenece en exclusiva al ciudadano, no es verdad que las decisiones de esos líderes sean un problema de la democracia: si el ciudadano no está de acuerdo o se siente decepcionado con esa decisión, simplemente no los vota más. En este caso, en el balotaje. De ahí la importancia de que el titular de los derechos sea el individuo y no algún colectivo. Y esa es una de las razones por las que los derechos individuales suelen ser atacados desde las ideologías colectivistas: la democracia liberal deposita ese poder único y radical, el del voto, en manos del individuo, con independencia de sus adscripciones a tal o cual idea. Es decir, con independencia de su pertenencia a tal o cual colectivo.

Me encontré también con una descalificación clásica pero igual de absurda: la democracia reduce la participación ciudadana a las elecciones. Eso es, evidentemente, falso. En nuestra democracia en particular, la participación de la cosa pública se sostiene a lo largo del tiempo en un montón de acciones que no son las elecciones. Se sostiene cuando la prensa puede investigar al poder. Se sostiene cuando el ciudadano participa de acciones políticas y sociales colectivas como marchas, concentraciones y protestas. Se sostiene cuando los sindicatos se sientan a negociar con la patronal bajo la mirada del gobierno. Se sostiene cuando alguna organización manifiesta un punto de vista y ese punto de vista es discutido por otra organización. Se sostiene en nuestras prácticas diarias, en las decisiones de convivencia que tomamos cada día.

Lo que sí hacen las democracias liberales como la nuestra es “repartir” ese poder o, mejor dicho, intentar garantizar, a través de las distintas formas de participación en el espacio público, que ese poder no se concentre demasiado en algunas manos. Y que ese poder sea discutido y disputado en el espacio público de maneras pacíficas y con mecanismos democráticos. Que los diferendos se puedan resolver dentro del marco democrático, esto es través del intercambio de argumentos más o menos racionales, sin rebasarlo con gestos autoritarios.

Mi impresión, y de donde creo que deriva esa tontería de que la democracia es mala porque reduce al ciudadano a mero elector, es que hay una mayoría de gente a la que la política le importa poco o nada cuando no hay elecciones. Es decir, gente que entiende como política lo que en realidad es solo política partidaria. Y entonces, ese señor que hasta hace dos meses había calificado a quien se interesa por la política como debate público (no somos demasiados, es verdad) de pesado o de snob, reaccione súbitamente al calor que proponen las banderas y los colores partidarios. Y lo hace sin tener demasiado claro cuáles son los contenidos que laten detrás de esas banderas, porque esos contenidos fueron precisamente lo que se discutió colectivamente, en toda clase de ámbitos, mientras ese ciudadano se dedicaba a otras cosas.

Que ese ciudadano reaccione, decía, a las consignas de los partidos y que si el resultado de la elección no le agrada o no lo convence, entonces el problema no es su escaso interés habitual por la política, por entender la política, por hacer política, sino un problema de la democracia. Y en algún punto es verdad: las democracias serían seguramente mejores si formaran ciudadanos más atentos. Pero al final, y como en el caso del voto, la responsabilidad ante la cosa pública es un asunto individual: individuales son los derechos e individuales son las obligaciones. Nadie nos puede obligar a ser mejores ciudadanos, aunque nos vendría bien que así fuera.

También encontré un comentario sobre cómo los medios masivos “censuran” a quien se encuentra en la vereda ideológica de enfrente. Lo cual, de ser cierto (que no lo es) y dada la alternancia casi perfecta en que ha vivido el país desde la salida de la dictadura, nos permite concluir que o bien hay medios de todos los signos ideológicos o bien la capacidad de los medios de incidir de esa manera (“censurar” no es poca cosa y si se cree eso, debería irse a la Justicia) es como mínimo dudosa.

Sin embargo, el comentario que más me llamó la atención fue el que se preguntaba si realmente la democracia liberal reparte poderes. La pregunta se la hacía, una vez más, alguien educado y con edad suficiente como para haber vivido los oscuros años totalitarios de la dictadura. Alguien que debería poder apreciar las diferencias entre el intercambio ideológico actual, nuestras pacíficas maneras, nuestros casi elegantes métodos, y el secuestro de todas las libertades en manos del virulento y feroz nihilismo de la dictadura. Es totalmente legítimo imaginar y querer algo que vaya “mas allá” de la democracia. Lo que no parece inteligente es descalificar el andamiaje que nos permitió llegar hasta acá. Y es que los derechos se disputan, se ganan y se sostienen en la práctica diaria. No hay nada más artificial que un derecho y al mismo tiempo no hay nada que naturalicemos más velozmente. Pero no, los derechos, las prácticas democráticas, las libertades no crecen en los árboles, son resultado de nuestras acciones, siempre.

La democracia no es una entidad externa y completa que se nos presenta como una opción más en el supermercado de las opciones colectivas. No es un todo acabado al que apelamos como quien consulta un oráculo. Es el resultado de una pugna tan larga como la humanidad y es, hasta donde hemos logrado construir, la mejor herramienta para lidiar con la diversidad en nuestras sociedades complejas. Es decir, es todo aquello que damos por sentado, aquello que resulta imperceptible, y que en realidad fue conquistado y es el más puro resultado de nuestro trato hacia la idea: si la tratamos mejor, funcionará mejor; si la descalificamos de manera sistemática e interesada (interesada en tirarla al tacho quiero decir), fláccida y débil será. Es bueno tenerlo presente, ya que los Bolsonaro tampoco crecen en los árboles.

✔️ Tibios en un mundo caliente

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