Los Kim arman cajas de pizza siguiendo un tutorial de YouTube

Parásitos, de Bong Joon-ho

Los otros

7min
Nº2056 - al de Enero de 2020
Juan Andrés Ferreira

Esta es una historia de infiltración y suplantación, una tragicomedia oscura, afilada y audaz sobre las tensiones y divisiones sociales de la vida contemporánea. Y es la producción más importante del cine surcoreano de las últimas décadas. Parásitos ha recibido casi 160 premios en diferentes muestras y certámenes y lleva recaudados más de 130 millones de dólares a escala mundial. En la ristra de distinciones internacionales que antecede a su estreno en Uruguay sobresalen la Palma de Oro en Cannes 2019 (año del centenario del nacimiento oficial del cine coreano) y el Globo de Oro a la Mejor película en idioma extranjero. Recientemente el Sindicato de Actores de Estados Unidos le otorgó el premio al Mejor elenco, convirtiéndola en la primera producción de habla no inglesa en recibir el galardón. También está nominada al Oscar en seis categorías, incluyendo Mejor película y (a la vez) Mejor película de habla no inglesa, lo cual es, entre otras consideraciones, algo histórico. Su director, Bong Joon-ho, está nominado por su trabajo tras las cámaras, teniendo la posibilidad de convertirse en el segundo asiático en recibir ese reconocimiento después del taiwanés Ang Lee (Secreto en la montaña, 2005). Compite con Martin Scorsese, Quentin Tarantino, Todd Phillips y, sobre todo, Sam Mendes, que realiza una labor impactante en 1917.

“Una vez que superen la barrera de los subtítulos, se les presentarán muchas más películas increíbles”, dijo el director durante su discurso de aceptación en los pasados Globo de Oro. Bong representa en la actualidad a una generación de cineastas que, desde principios del siglo XXI, han ido ganando notoriedad precisamente creando películas increíbles. A su vez, esta generación viene empujada por la llamada Hallyu, la Ola coreana, que se inició en la década de 1990 con el éxito internacional de las telenovelas (consumidas de forma masiva en China), siguió con la expansión de la música pop y alcanzó lo más alto, en términos de prestigio y legitimidad, con la producción cinematográfica, donde sobresalen Park Chan-wook (capo total, autor de Oldboy), Kim Ji-woon (Dos hermanas, A Bittersweet Life y El bueno, el malo y el raro) y Lee Chang-Dong, consagrado internacionalmente con Poesía para el alma y realizador de Burning, disponible en Netflix (Búsqueda Nº 2046).

Acción y reacción

Corea del Sur es una nación con 5.000 años de historia que ha pasado por guerras, ocupaciones, un represivo gobierno militar, éxodos masivos y dolorosas crisis económicas. En las últimas décadas se ha consolidado como democracia y ha crecido a una velocidad sorprendente en áreas como tecnología, urbanismo, entretenimiento, gastronomía y turismo. También ha mantenido una relación tensa con su hermana malvada, Corea del Norte. Con más de 50 millones de personas viviendo en una extensión que tiene casi la mitad de la superficie de Uruguay, a principios del siglo XXI la nación también comenzó a sentir los efectos secundarios que produce un crecimiento tan acelerado: baja natalidad y envejecimiento demográfico, aumento de la criminalidad, mayor cantidad de divorcios, depresión, estrés, y la tasa de suicidios (especialmente en los ancianos) más alta del mundo.

Una parte del cine que se produce en este país, un cine de rasgos más autorales que convive con producciones decididamente comerciales, ha explorado algunas de estas paradojas y zonas de conflicto de la sociedad surcoreana. Mal chico y Cocodrilo (entre otras de Kim Ki-duk), Peppermint Candy y Burning (Lee Chang-dong) son muestras de esa exploración, donde cabe, además de una descarada hibridación de géneros, una exótica y cautivante intensidad poética. En este marco crece la filmografía de Bong, que sorprende por su elegante capacidad para mezclar géneros como el horror, el drama, la comedia negra y la ciencia ficción en títulos donde no descuida su atención hacia temas políticos y sociales (la desigualdad, la separación de clases, la injusticia social).

“Lo que busco es hacer películas que provean una sensación de excitación cinematográfica; con personajes fascinantes antes que grandes temas políticos”, ha dicho el director. “Como Corea del Sur es un país pequeño aunque también muy dinámico, no importa qué tan adentro de estos personajes me meta, me resulta imposible separarlos de su contexto histórico y social, y todo lleva naturalmente hacia un comentario político”.

Con una carrera iniciada en 1994 con algunos cortos, Bong se pasó al largo en 2000, con un auspicioso debut, Perro que ladra no muerde, título que fue seguido por una de sus mejores películas, quizás su primera obra maestra, Memorias de un asesino (2003), basada en un caso real, la investigación de los crímenes del primer serial killer de Corea del Sur. En la película participa Kang-ho Song, uno de sus actores fetiche, también presente en la notable The Host (2006), la intrépida respuesta surcoreana a Godzilla, en la que un calamar gigante emerge del río Han y siembra el terror en Seúl, una combinación de cine catástrofe con horror y ciencia ficción que es al mismo tiempo comedia de acción y drama familiar con apuntes sociales y conciencia ecológica. Madre (2009), su siguiente película, es un drama oscuro e intenso acerca de una mujer que emprende una investigación en paralelo para demostrar la inocencia de su hijo, un joven con una ligera discapacidad intelectual, acusado de haber violado y asesinado a una chica. Si bien el impacto de The Host fue considerable, fue con Madre que Bong alcanzó mayor proyección internacional. La cinta representó a Corea del Sur en los Oscar. Y de ahí Bong pasó a Hollywood, donde filmó la vertiginosa aventura posapocalíptica de ciencia ficción y acción Snowpiercer (2013) y posteriormente la fábula ecologista Okja (2017), producida y estrenada por Netflix. Ambas son superproducciones y cuentan con consagradas estrellas internacionales. Y en ambas están presentes las observaciones sobre la segmentación de clases, consideraciones sobre la empatía hacia todos los seres, y los enfrentamientos dentro de la institución familiar. Parásitos, filmada en su tierra natal, en su idioma materno y con un presupuesto más moderado, es decididamente más explícita y directa.

En un barrio de clase baja en Seúl, en un apartamento ubicado por debajo del nivel de la calle, vive la familia Kim. Padre (Song Kang-ho, de Memorias de un asesino y The Host), madre (Jang Hye-jin), hija (Park So-dam) e hijo (Choi Woo-shik, que estuvo en Okja) están desocupados. Piratean la señal wifi de sus vecinos (hay que ver a los hermanos Ki-jung y Ki-woo, apuntando al techo, celular en mano, buscando los puntos de donde chupar conexión) y dejan las ventanas abiertas cuando desinfectan las calles (“fumigación gratis”, dice Ki-taek, el padre). El único ingreso económico de los Kim proviene de un empleo temporal que consiste en armar cajas para una pizzería. Y tampoco es que les vaya muy bien con eso. La situación cambiará con la visita de un amigo de Ki-woo. El joven va a marcharse a estudiar a Estados Unidos, pasa a saludar, les obsequia un amuleto que atrae la riqueza material, y le ofrece a Ki-woo la posibilidad de trabajar por un tiempo como profesor particular de inglés de Da-hye (Jung Ziso), a quien desea proponerle matrimonio una vez terminada su estancia en Estados Unidos. Da-hye es la hija mayor de los Park, adinerado matrimonio conformado por Dong-ik (Lee Sun-kyun) y Yeon- kyo (Jo Yeo-jeong), que también tienen un hijo más pequeño, el inquieto Da-song. La familia vive en una zona alta y coqueta de Seúl. Ki-woo no tiene título universitario, pero recurre a su hermana, que resulta ser muy buena en el arte de la falsificación, para que le diseñe uno. Esto le permitirá ingresar a la casa de los Park. Rápidamente, por medio de engaños que se van planificando sobre la marcha, Ki-woo logra instalar a su hermana y a sus padres en la residencia sin que los Park se enteren del vínculo familiar. Aunque hay indicios que podrían despertar sospechas. Tanto el señor Park como su hijo perciben algo en el olor de los nuevos empleados.

Parásitos está anclada en la realidad que más le preocupa a Bong, que se inspiró en vivencias propias tanto para construir las vidas de los de arriba y los de abajo: en sus épocas de estudiante fue profesor particular de un joven millonario y también convivió en un apartamento semisótano donde escaseaba la luz natural y el inodoro estaba en la parte más alta de la vivienda. La historia puede conectarse con Hierro 3, de Kim Ki-duk, sobre un indigente que ocupa casas mientas sus dueños no están, con Rabia, del ecuatoriano Sebastián Cordero, basada en la novela del argentino Sergio Bizzio, donde una inmigrante esconde a su novio, que acaba de asesinar a su jefe, en la mansión donde trabaja como empleada doméstica, y también con El hombre de al lado, de Mariano Cohn y Gastón Duprat, en la que dos extremos sociales se chocan en un mismo espacio.

Los Park son lo opuesto a los Kim. Además de ser millonarios, viven en una vivienda amplia, ubicada en las alturas, rodeada de verde y bañada de luz natural. Tienen un ama de llaves efectiva y servicial, una mujer de confianza que trabajó para Namgoong, el afamado (y ficticio) arquitecto que diseñó la mansión (“Ella conoce la casa mejor que yo”, dice la señora Park). Buena parte de la historia transcurre justamente en esta residencia espaciosa, luminosa y minimalista, en alto contraste con el semisótano del destartalado barrio donde viven los Kim (la vista de la sala de estar de casa de los Park es panorámica, da a un hermoso jardín interior). Técnicamente impecables, el diseño de producción y las labores fotográfica y sonora evidencian y subrayan los contrastes entre las realidades de las familias que protagonizan esta tragicomedia negra y, sobre todo, universal (la misma lluvia que arruina el campamento familiar de los millonarios es la que provoca una devastadora inundación en la zona donde viven los empobrecidos Kim). Es cierto que los adinerados Park por momentos parecen demasiado crédulos o caricaturescamente superficiales, que el éxito con el que los Kim ejecutan sus maniobras de engaño y suplantación también se percibe exageradamente fácil, y uno puede ver cómo Bong y su colaborador en el guion Jin Won Han (guionista de Okja) van colocando las piezas de manera que todo encaje para que el plan salga perfecto. Entonces, cuando la momentánea suspensión de la incredulidad parece estar a punto de quebrarse, el filme da un giro tenebroso, sorprendente. Caldeada por la ira, la vergüenza, la paranoia, la falta de empatía y compasión, la lujosa residencia será el escenario de un brutal (y con negros toques humorísticos) estallido de violencia. Y aunque la película termine, es imposible salir de esa casa.

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