Prohibido no copiar

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Nº2040 - al de Octubre de 2019
por Andrés Danza

Que ningún examen de cualquiera de los niveles de la enseñanza exija recordar datos de memoria y reproducirlos de la misma forma que figuran en los textos de estudio. Que cambie radicalmente la evaluación y se tengan en cuenta otros factores como la capacidad de elaborar un pensamiento propio sobre lo adquirido en clase y poder trasladarlo a distintas situaciones reales.

Que sea obligatorio copiar en las aulas. No solo quitar la prohibición: que todos los estudiantes deban recurrir a sus libros y a sus computadoras o teléfonos celulares para poder aprobar las pruebas. Que lo que más se valore sea justamente sus capacidades de buscar la mejor información, de citar correctamente a las fuentes y de adquirir conocimiento útil y poder ponerlo en práctica.

Que el tiempo en los salones de clase no esté destinado solo a que los estudiantes se sienten frente a una pizarra y escuchen a un docente repetir conocimientos adquiridos en el pasado y que, en su mayoría, están al alcance de una sola búsqueda en Google. Que se trabaje en otro tipo de cualidades, como aprender a aprender en forma permanente, a trabajar en equipo y a potenciar al máximo las nuevas tecnologías para el beneficio intelectual propio.

Que las universidades públicas y privadas establezcan cupos en las distintas carreras y se prioricen las que serán más necesarias en el futuro, por más que no despierten demasiado interés en el presente. Que haya menos abogados, escribanos o contadores recién recibidos y más ingenieros de sistemas, licenciados en Estadística, programadores, agrónomos o veterinarios. Que no vuelva a ocurrir como en 2018, que a Derecho y Ciencias Económicas ingresaron 5.902 estudiantes y a Ingeniería 1.672, según consigna una nota que se publica en esta edición de Búsqueda.

En esas cuestiones se juega el futuro. La verdadera revolución, la que cambia a un país, se inicia desde la enseñanza a los más jóvenes pero con cambios radicales, no solo con más liceos o con más presupuesto o quitando del medio a los sindicatos del área. No quiere decir que eso no sea necesario, pero el problema es mucho más profundo.

 “Los uruguayos educan a sus hijos para el mundo de ayer”, concluyó el especialista argentino Santiago Bilinskis en una entrevista con Búsqueda hace dos semanas. Lo único que hacen es estirar una agonía en lugar de procurar modificar el rumbo para alejarse del precipicio. Así lo transmitió también Bilinskis a cientos de empresarios y clientes del Banco Santander que lo escucharon en una conferencia sobre el futuro del trabajo. El país está condenado y no reacciona, fue su mensaje.

Las aulas son iguales a las del siglo XIX, los profesores enseñan basándose en los parámetros del siglo XX y los alumnos son del siglo XXI. No hay avance posible de esa forma. Abogados, escribanos, contadores y hasta médicos e ingenieros se forman una sola vez en su vida y pretenden perdurar de la misma manera hasta la jubilación. Pero ese tiempo se acabó. La inteligencia artificial ya está ocupando los espacios que solo requieren una repetición del conocimiento ya adquirido o un trabajo mecánico.

“Es un problema mucho más grueso para Uruguay que para Estados Unidos. Si se mira qué porcentaje de la población tiene título universitario y formación para trabajos más avanzados versus que seis de 10 uruguayos no terminan Secundaria, que no comprenden textos, que no tienen una buena base matemática, será muy difícil trabajar con ellos”, advierte con precisión Bilinskis.

Sus palabras, aunque no nuevas, adquieren especial relevancia esta semana. El martes 1º tuvo lugar el debate entre los dos candidatos presidenciales con más posibilidades de ganar las próximas elecciones nacionales. El oficialista Daniel Martínez y el blanco Luis Lacalle Pou intercambiaron puntos de vista sobre algunos de los temas más trascendentes durante más de una hora, ante la atenta mirada de más de un millón de personas.

La educación fue uno de los asuntos tratados en el tercer bloque. Formó parte de un capítulo denominado Desarrollo humano, que incluyó otras cuestiones sociales, como la salud y la vivienda. En el cuarto bloque se habló del Futuro. Ese fue el título elegido, a sugerencia de los comandos de Martínez y Lacalle Pou.

Pero casi nada se dijo sobre los desafíos que imponen los cambios tecnológicos, cada vez más acelerados, en especial en la enseñanza. Ese tema no está en la campaña. El colorado Ernesto Talvi, que criticó el exceso de pasado y la falta de futuro en el debate, tampoco plantea cambios profundos en la forma de enseñar a los más jóvenes, por más que la educación es su principal prioridad.

Parece que la discusión más trascendente es cuántos liceos más son necesarios o qué poder deben tener los sindicatos y no si las aulas siguen teniendo vigencia. Más horas, piden algunos. Un mayor control del instituto evaluador, solicitan otros. Y siguen girando en un espacio muy reducido mientras menos de la mitad de los adolescentes logra terminar la Educación Secundaria; los que continúan eligen carreras con poca vida y casi ninguno se pone a pensar que la formación actual puede ser inútil en muy poco tiempo. La verdadera revolución tendría que ser educativa. Algunos países del primer mundo ya lo entendieron e incorporaron las nuevas realidades a los salones de clase. Otros, como Uruguay, siguen con el esquema de un profesor que parece que todo lo sabe y que busca transmitir a sus alumnos certidumbres donde no las hay.

El cambio debe ser radical porque en estos tiempos, en una semana, la tecnología y el conocimiento al respecto se renuevan más que en una década del pasado. Y lo importante es formar para el futuro. La frase más acertada sobre ese punto no pertenece ni a un político ni a un educador ni a un gremialista. “Todo el mundo habla sobre cómo dejar un planeta mejor para nuestros hijos, pero deberíamos intentar dejar hijos mejores para nuestro planeta”, dijo una vez el actor y director norteamericano Clint Eastwood. Se merece otro Oscar.

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