Javier Lascuráin, director de la Fundación del Español Urgente (Fundéu), y la elección de los emojis como palabra del año

“Pura oralidad puesta por escrito”

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Nº2054 - al de Enero de 2020
entrevista de Silvana Tanzi

Son coloridos, ingeniosos y simpáticos, aunque también pueden ser ofensivos o incluso groseros. Los “emojis” fueron creados por el japonés Shigetaka Kurita a fines de los 90 para una empresa de telefonía móvil. Desde entonces, se han convertido en una forma de lenguaje digital cotidiano, simple y universal. El uso masivo de este conjunto de pictogramas a través de mensajes, chats y redes sociales ha traído dudas sobre su impacto en el buen uso del idioma y de la escritura. A fines de 2019, la Fundación del Español Urgente, conocida por su acrónimo Fundéu, dobló la apuesta al elegir a los emojis como “la palabra del año”. La Fundéu, que es parte de la Agencia EFE y recibe el auspicio del banco BBVA, trabaja con dudas y recomendaciones sobre lenguaje. Su página web (www.fundeu.es) tiene millones de visitas anuales, y recibe unas 120 consultas diarias a través de las redes sociales, del correo electrónico o del formulario que se ofrece en el sitio. Además en Twitter y en Facebook la siguen más de 200.000 personas. En 2013, la Fundéu comenzó a elegir “la palabra del año”, a partir de un conjunto de palabras que generaron interés lingüístico y repercusión informativa. Así, ha elegido escrache, selfi, refugiado, populismo, aporofobia y microplástico. “En 2019 no fue la palabra ‘emoji’, sino los propios emojis y el fenómeno comunicativo que representan”, explicó el periodista Javier Lascuráin, reciente director general de la Fundéu, a la que ingresó en 2012, luego de 22 años de carrera periodística en la Agencia EFE. Desde Madrid, Lascuráin mantuvo con Búsqueda la siguiente entrevista telefónica sobre el trabajo que lleva adelante Fundéu.

—¿Cómo surge la Fundéu?

—A finales de los años 70, EFE decidió crear el Departamento del Español Urgente, que tenía como objetivo aconsejar a los periodistas de la propia agencia sobre el buen uso del español. En 2004, cuando llegó a la presidencia de EFE Álex Grijelmo, un periodista apasionado de las palabras, decidió convertir el departamento en una fundación. Para ello obtuvo el apoyo del banco BBVA. La Fundéu está promovida por la Agencia EFE, por el BBVA y también por la empresa de comunicación Prodigioso Volcán. Ahora no solo apoya a los periodistas de EFE, sino a los periodistas que lo necesiten y a cualquier persona interesada por el buen uso del español.

—¿Cuánta gente trabaja?

—En la actualidad somos nueve personas. Todos ellos, excepto mi caso, son lingüistas de diferentes especialidades. Nos interesaba esa combinación porque el objetivo es aconsejar sobre el buen uso del idioma, pero con la mirada puesta en la actualidad.

—La actualidad los lleva a resolver dudas más rápido que la RAE (Real Academia Española). ¿Qué relación tienen con la academia?

—Tenemos un consejo asesor con el que nos reunimos cada 15 días y debatimos algunas de las dudas que el equipo por sí mismo no puede resolver. En ese consejo se sientan tres académicos de la lengua y el secretario general de la Asociación de Academias de la Lengua Española (Asale). Mantenemos una relación fluida en lo institucional y en lo conceptual. Siempre respetamos los criterios y pronunciamientos de la RAE. Puede haber algún matiz de interpretación, pero nos atenemos a la ortodoxia académica. Nos gusta decir que Fundéu es un acrónimo que lleva tilde en la “e”, pero tiene el acento, en el sentido de importancia, en la “u” de urgente. La RAE sigue sus ritmos y eso es lógico. No incluye un término en su diccionario hasta que no está asentado en el uso general, y ese proceso es largo. Pero cuando un periodista te pregunta por un neologismo o por la alternativa a un anglicismo, necesita una respuesta hoy.

—¿No es curiosa la preocupación por el buen español en las redes sociales, tan caóticas y poco rigurosas?

—El ámbito de las redes es ambivalente. Es cierto que son parte del reino de la incorrección y de la provocación, pero hay algo que es claro: nunca en la historia de la humanidad ha habido tanta gente con capacidad para expresarse por escrito y de forma pública. Esto muestra que mucha gente escribe muy mal, algo que antes no sabíamos, pero también que hay más personas conscientes de que su reputación digital tiene relación no solo con lo que dice en las redes sociales, sino con cómo lo dice. Eso lleva a preocuparse, a dudar, a preguntar a instituciones como la nuestra, a tratar de cuidar la lengua. Nos gusta poner el foco en las redes sociales como una oportunidad para promover el buen uso de la lengua, más que como una amenaza.

—¿Cuáles son las dudas más frecuentes que reciben?

—Hay un poco de todo. Son distintas las de los periodistas a las del resto de los ciudadanos. Muchas tienen que ver con la concordancia, por ejemplo, si está bien dicho “habían 25 personas” o “había 25 personas”. Otras tienen que ver con las “nuevas” normas académicas, que ya no son tan nuevas. Por ejemplo, los cambios que surgieron en la Ortografía de 2010, como la famosa desaparición de la tilde en “solo”.

—En general se señala a los medios de comunicación como responsables por el empobrecimiento del lenguaje. ¿La Fundéu ha analizado esta “culpa”?

—Hay una cierta tendencia a pensar que todas las cosas van a ser peor. En la lengua también, por eso se escucha que cada vez se habla y se escribe peor. En general se señala a dos responsables. Por un lado, se culpa a las redes sociales y a la comunicación digital, entonces es muy fácil concluir que escribimos mucho peor que hace 30 años. Pero hace 30 años yo no tenía la más remota noción de cómo escribía mi vecino del 5º porque no podía leerlo. El entorno digital trajo la democratización de la escritura y de la lectura, entonces todos nos leemos. Ahora sí sabemos cómo escribe el vecino del 5º, y a lo mejor es verdad que escribe muy mal. Eso lleva a pensar que la sociedad utiliza el lenguaje cada vez peor, pero sinceramente no creo que haya datos que lo avalen. La otra culpa se atribuye a los medios de comunicación porque se dice que utilizan un lenguaje cada vez más pobre. Pero como lo mejor o peor es algo subjetivo, hace unos años hicimos el proyecto Aracne, que se puede encontrar en nuestra página. Analizamos cinco medios de comunicación españoles de los últimos 100 años. Hicimos una cata de ejemplares publicados desde 1914 a 2014 y estudiamos la riqueza lingüística, es decir, cuántas palabras nuevas se utilizaban en los medios en diferentes épocas. El resultado fue que la riqueza lingüística es prácticamente estable. Es decir, se usan otras palabras, pero no significa que la riqueza lingüística sea menor.

—Han surgido otras filiales de la Fundéu en Argentina y República Dominicana. ¿Por qué en esos lugares?

—Nosotros tratamos de evitar, y reconozco que no siempre lo logramos, cierto “españolcentrismo”, porque es bastante común que tendamos a pensar que el español es eso que hablamos nosotros. Tratamos de que nuestras recomendaciones recojan los usos de todo el mundo hispanohablante, pero esto no siempre es fácil. Por eso sería estupendo tener Fundéu en todos los países. Pudimos hacerlo en Argentina y en República Dominicana porque hubo dos fundaciones que nos propusieron un acuerdo: la Fundación Guzmán Ariza (República Dominicana) y la Fundación Instituto Internacional de la Lengua Española (Argentina). Llegamos a un acuerdo para compartir nuestro contenido, a veces con sus propias versiones y con recomendaciones específicas.

—¿Cuál es el criterio para elegir la palabra del año?

—Nuestra inspiración fue la palabra del año que lleva adelante la editorial del Diccionario de Oxford. Un día pensamos por qué no elegíamos la nuestra, entonces desde 2013, todos los diciembres repasamos las palabras a las que le hemos dedicado algunas de nuestras recomendaciones diarias, que son unas 250. De allí elegimos las 12 que tuvieron interés lingüístico e informativo. A mediados de diciembre las publicamos, no para organizar una votación popular, sino para alimentar el debate sobre las palabras. Después, en discusión interna, elegimos una y la damos a conocer en los últimos días del año. Por lo tanto, no es más que la palabra del año de la Fundéu, pero es verdad que, como tenemos buen trato con los medios, en poco tiempo se ha convertido en la palabra del año en general.

—Tal vez la primera duda que surgió al elegir los emojis es cómo hay que escribir esa palabra…

—Hay dos curiosidades en cuanto a cómo se escribe. Por un lado, los “emoticones”, o “emoticonos”, no son lo mismo que los emojis. Emoticones se les llamaba a las caritas que a partir de los años 90 se formaban con los signos ortográficos del teclado (los dos puntos, el guion, el paréntesis de apertura o cierre) y había que mirarlas inclinando la cabeza. Unos años después un diseñador japonés empezó a crear dibujitos con colores, que se llaman emojis. Como se adaptó del japonés, la escritura normal es con “j”. Pero hay una tendencia que empieza a aparecer y es escribirlo con “y”, cualquiera de las dos son válidas para nosotros.

—Elegir esta “no palabra”, ¿les trajo críticas?

—Fue una opción arriesgada y sabíamos que no todos iban a entender que una institución que vela por el buen uso de las palabras, dedicase su palabra del año a una “no palabra”, que además para muchos es una amenaza hacia el lenguaje. Recibimos algunas críticas, pero nos interesaba poner de relieve nuestra visión: que la lengua no solo se integra por palabras, reglas ortográficas y de concordancia, que cada vez se da más una convivencia entre elementos verbales y visuales. También nos interesaba comunicar que existe una razón lingüística para el uso de los emojis. Aunque no seamos muy conscientes, buena parte de la comunicación escrita que hacemos todos los días por WhatsApp no es convencional, sino pura oralidad puesta por escrito. Es lo que le diríamos a alguien cara a cara. Como no lo tenemos, suplimos los gestos y las intenciones con emojis.

—¿Los usa en sus mensajes?

—Tengo un grupito de unos 10 y los uso en comunicaciones privadas cuando tengo confianza con la otra persona. Ayudan a ser rápido y a poner matices. Con un dedo hacia arriba ya estoy diciendo mucho, y a veces con un emoji queda claro que uno está siendo irónico.

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